“Todos tenemos un padre blanco. Quiero decir, Dios es blanco. O eso nos han hecho creer. El colono es blanco. La historia es blanca y masculina.”
Gabriela Weiner, “Huaco retrato”
En su cuarta película, el cineasta guayaquileño radicado en Alemania Darío Aguirre, vuelve a su tierra natal para explorar, con su característico estilo auto referencial -cercano a lo que Bill Nichols define como la modalidad performativa del documental- un tema que parecería obsesionarlo: los lazos de familia.
Si en el memorable “El grill de César” (2013), conocíamos a sus padres y las penurias de un negocio de pinchos en Ambato y “En el país de mis hijos” (2018), a su núcleo íntimo y sus trámites de naturalización en Hamburgo, esta vez se trata un tema más lejano y borroso. Y es que Aguirre desciende del científico alemán Teodoro Wolf, radicado temporalmente en el país a finales del siglo XIX y célebre por sus mapas del Ecuador (y proveniente del mismo país al que el realizador emigraría más de cien años después).
La historia es arquetípica y se presenta desde el inicio (en voz de Aguirre): mientras los descendientes de Wolf en Ecuador viven muy orgullosos de su antepasado europeo, el tatarabuelo ni siquiera mencionó a su familia ecuatoriana en sus memorias. Lo interesante es cómo el cineasta cuenta esta historia valiéndose de los recursos del documental.
En una de las primera escenas de la película, el cineasta y su abuela nonagenaria (que sufre de la memoria) están sentados en una amplia mesa del comedor, revisando un árbol genealógico ampliado de su familia, mientras la empleada doméstica realiza sus tareas en la cocina. Desde el inicio, la abuela se muestra incómoda por una mujer sin foto ni “apellido conocido” ubicada al lado de Teodoro, y recrimina a Darío por haberla incluido en el árbol, cuando en realidad es la mujer de la que provienen todos los Wolf en Ecuador.
El cineasta utiliza fragmentos de las memorias de Wolf leídas por un narrador alemán, para entender las andanzas del patriarca en “uno de los países más bellos y extraños de América del Sur”, mientras él mismo recorre muchos de estos lugares en la actualidad. A través de estos textos conocemos cómo Wolf, originalmente llegado a Quito como profesor jesuita por invitación de García Moreno, vive una crisis espiritual que le obliga a abandonar los hábitos y a la conventual ciudad, y viajar a la costa donde se instala en la localidad de Yaguachi, provincia del Guayas.
Aguirre intercala estos fragmentos con entrevistas a los familiares de las diferentes ramas que van apareciendo y comentando sobre sus particulares versiones de la historia familiar, y en especial, al lenguaraz historiador Rodolfo Pérez Pimentel, que escudriña y especula sobre la vida del atormentado cartógrafo en el trópico.
Lo que emerge de estas entrevistas es, por un lado, las prevenciones y prejuicios de la mayoría de entrevistados -que en muchos casos van cambiando a medida que transcurre el documental y se conoce la verdad- y por otro lado, la enigmática figura de Jacinta Pasaguay, probablemente sirvienta de Wolf antes de ser madre de sus hijos, una de las tantas mujeres borradas de la “historia oficial”, y que, por un hecho remoto, se convierte en la verdadera protagonista del filme.
“Nosotros los Wolf” dialoga con la novela de auto ficción “Huaco Retrato” de la escritora peruana Gabriela Wiener, que topa una historia similar, pero sobre todo con las anteriores películas del director, que con esta película consolida su obra como una de las más sólidas y coherentes del cine ecuatoriano.
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